Las cosas hay que hacerlas con orden. Antes de irme a por Moreno, la nueva que llora, tal vez sea mejor saber dónde estoy. Por ejemplo, ¿qué tal una vuelta por el despacho de
Alcocer? Más que nada por ver qué se cuentan por allí. Nunca se sabe.

La secretaria de
Alcocer –bueno, y de siete más, que tampoco es para darse tantos aires- es una
bajita culona con un pelo color naranja payaso de
Micolor y las tetas tirando a colgajos y que además cecea si la pones muy nerviosa. Nunca le he caído bien, pero, vamos, que no nos vamos ahora a echar atrás.
- ¿Qué quieres? -simpatía a raudales.
- Pues nada, que estaba de paso por la planta y…
- Tú nunca estás de paso, Hombre Topo.
- Mira que estamos ariscos,
Marinieves. Encima de que vengo a verte.
- Ya, ¿y desde cuándo te he interesado yo a ti más que una mierda de perro?
-
Joooder,
Marinieves…
- Ni
joder ni hostias
Marinieves está casada, pero de aquella manera. Su marido se dedica a la pesca de altura, y está por casa como mucho un par de meses al año. Al principio, la cosa iba de darle mucho al folle, pero creo que a los ciertos años, el tipo sólo iba a recargar la cartilla de ahorro y poco más.
- Al menos no tienen niños –dijo una vez una de la séptima, que ella sí que tiene, y muchos por la de veces que saca el tema.
A mí nunca me ha gustado
Marinieves, ni siquiera para eso. Yo no soy de meter la mano en morral ajeno, y menos cuando el tema va con tanto colgajo incorporado. Lo que pasa es que ella, la
Marinieves digo, no sé por qué sí ni por qué no, hubo una época que se hizo ilusiones conmigo, que no es que sea yo un varón especialmente
longanizo, sino porque le dijeron que yo era de mucho meter –que también hay que ver con la peña las cosas que se cuenta. Y ella, que con el del
fletán ya no iba ni venía, pero que en el fondo tampoco le iba a echar de casa, pues se pensó que tal vez sí y tal vez también, se entiende.
Pero la vi de venir y la vi de venir bien lejos, y me quité de en medio y de planta y me puse lo más lejos que pude. No le caigo muy bien desde entonces, que se
joda.
La cuestión es que ahora estoy a otro asunto, que no es otro que saber quién coño se ha cargado a
Alcocer. Y si para enterarme, tengo que hacerme de vientre corazón, pues no voy a ser yo lo de menos.
- A la gente como tú, ni la menor confianza… Que luego acaban por metértela… -se para en seco, un error de expresión lo tiene cualquiera, aunque jamas ante profesionales de mano rápida como lo es un servidor de ustedes.
- Pues ahora que hablamos de meter…
- ¡Vete a cagar, Hombre Topo!
Me alejo un par de pasos, dirección despacho de
Alcocer.
- ¿Dónde te crees que vas? –
Marinieves me habrá mandado a cagar, pero no precisamente al despacho de su jefe.
- Tenía que comentarle unos temas a
Alcocer…
- ¿Qué temas?
- Una cosa.
- Pues como no me digas de qué va, no pasas. Así que tú verás.
- Nos ha enviado un presupuesto sin completar.
- ¡Vaya una novedad! Lo llevamos haciendo así toda la puta vida.
- ¿Sí? Pues, ¿cómo decirte? Se os acabado el rollo. ¿O es que no os habéis leído la nueva normativa de solicitud de gastos de formación?
Nadie se lee ninguna normativa, así que no hay cosa más mejor que hacer mención de una que simplemente no existe. Nunca falla. Y esta vez tampoco.
- No veo qué estamos haciendo mal –ésta es otra de las características del personal, que antes que reconocer que no han hecho algo o que lo han hecho mal, prefieren cambiar de tema.
- Vengo de parte de
Álvarez-
Ossorio. Tiene un cabreo de campeonato. Ahora, que si quieres seguir cubriéndole las espaldas a
Alcocer, allá tú. Yo, con hacer el informe...
Álvarez-
Ossorio es el Subdirector General de Administración y Finanzas. Un hijo de puta que disfruta haciendo el mal.
- No está –contesta ella tras pensárselo un poco más de lo necesario, algo que no debes hacer si realmente deseas parecer sincero.
- ¿Quién? –de sobra que lo sé.
-
Alcocer, ¡también tú a veces!
-
Ah,
Alcocer. Sí, claro. Y yo que me lo creo –continúo mi camino y abro la puerta del despacho.
La otra salta detrás de la mesa como
poseída.
- Lleva varios días enfermo –insiste tratando de interponerse entre el despacho y mi vista.
- Qué pena. ¿Y cuándo dices que vuelve?
- No lo sé. Llamó hace días. Algo del hígado. Tiene que guardar reposo. Mínimo un par de meses.
El despacho está ordenado,
limpito, en silencio. Ejemplar que diría el otro.
- ¿Lo ves? –dice
Marinieves como tratando de convencerme de que dentro no queda nada de
Alcocer.
- ¿Y con quién veo yo esto ahora?
- Pues no sé, como no sea con
Fernández-Agrio…
- ¿El becario ése que no se sabe todavía ni los números del ascensor?
- Dejó de ser becario hace quince años,
gilipolla.
- ¿Y aún le tienes que sonar los mocos?
Marinieves se pone en medio y no me deja seguir mirando adentro del despacho.
- Eres un cretino. Lo has sido toda tu puta vida. Sal de aquí ahora mismo.
- ¿Sabes una cosa? –me acerco a ella mucho más de lo que jamás me había llegado a acercar; por cierto, la tía
huele a agua de fregar-. Esta noche me voy a hacer dos pajas pensando en ti.
Cierra la puerta. Está temblando.
- Una
coza buena que hay ahora: que te puede caer un paquete por lo que
acabaz de decirme –contesta sin poder evitar las
cés y zetas donde debería haber eses …
- Metida en un
yacuzi, con montones de burbujas. Tocándote… Creo que va a ser la hostia. Estoy deseando estar ya en mi casa… -vaya una voz
fenómena que me sale, grave, con cuerpo...
Me alejo.
Marinieves se ha queda atrás, como paralizada. Supongo que estará dudando entre denunciarme o presentarse esta noche en casa. Tengo solución para ambas posibilidades.
Me pregunto por qué tiene tanto interés en que no vea el despacho de su jefe. Será cuestión de pasarme mañana a primera hora, antes de que empiece a llegar la gente.
N. del A.: para preservar el anonimato, nos vemos obligados a referirnos al Hombre Topo como Hombre Topo. En cualquier caso, si realmente tienen curiosidad por saber de quién se trata, no tienen más que mirar a su alrededor.