lunes, 29 de septiembre de 2008

Alfa y Omega, número 2 de los presentes.



Sí, vale, el mundo está mal repartido. Pero mi coche es el que está lleno.


Y no fui yo el de la idea de abrirnos los maleteros el uno al otro.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Diccionario Breve de Términos Empresariales Gilipollas. Hoy: el Centro de Coste.

“El Centro de Coste es como la virginidad, el don más preciado. Bajo ningún concepto se da a nadie, mucho menos si es un extraño. Si, llegado el caso, no te quedara más remedio que darlo, que sea siempre a cambio de algo que merezca la pena, como dinero o favores gordos”.

Sabias palabras, ¿no les parece? Aún me parece estar oyéndole, a mi primer jefe, don Ignaciano, un señor de los de antes, Jefe de Servicios Generales durante casi cincuenta años, con su palillo en la boca y sus tres dientes color caca.

El Centro de Coste es algo que es tuyo y de muy pocos más, algo que te ha sido concedido, pero no para que lo malgastes de manera irresponsable, sino para que lo conserves y se lo transmitas lo más intacto posible a tus sucesores, que no hay cosa peor ni más fea ni más indecente que un Centro de Coste que va de mano en mano, al que todo el mundo imputa costes y del que nadie quiere hacerse cargo.

Antes de dar el Centro de Coste, regatea, pelea, miente, adula, grita, regala, promete en falso, roba… lo que sea con tal de que tu contrario entienda que lo tiene muy jodido y que le tocará poner mucho encima de la mesa para poseer esa información.

Conviene no dárselo ni al primero ni al segundo ni al noveno intento. Que crea que es imposible. Que vaya reduciendo pretensiones cada vez que vuelve con lo mismo. Y, lo más importante, que se vaya olvidando de las tentaciones. Si se trata de imputarnos los gastos del becario asignado a nuestro departamento, y que se ha pasado todo el puto verano tocándose los cojones, vale. Pero si de paso lo que quiere es introducirte las facturas de hotel más cena más desayuno más masaje tántrico, para siete, que el Director Comercial no sabe cómo hacer para que se lo pague la empresa, que se vaya a tomar pol culo PERO YA.

El Centro de Coste es el Centro del Universo, el punto gravitacional único e indivisible sobre el que orbitan los curros de todos aquellos que le sirven y de él se alimentan. Debes protegerlo con tu vida y evitar que ningún hijoputa lo mancille con sus facturas. Una vez que un Centro de Coste cae en malas manos, y es conocido de todos por su facilidad para tragarse cuanto le echen, más le valiera a su responsable arrojarse al vacío; a partir de ese momento, cualquiera puede llegar e imputarle desde horas de consultoría hasta taxis, parkings, comidas, viajes a la Alcarria, corderitos segovianos, cajas de Rioja, lencería de colores, y así hasta llegar a eso que están ustedes pensando, cerdos rijosos.

Claro que estamos hablando de tu Centro de Coste, no del de los demás. En ese caso, la ecuación se invierte de manera ultracompleta y total de la vida. El Centro de Coste de los otros es tuyo, dispón de él como quieras, ataca con todas tu fuerzas, violéntalo, hazlo tuyo, méteselo todo, desde el cochecito eléctrico con marchas de tu sobrino hasta la reforma del baño. No hay tasa ni cuartel ni hostias que valgan. A por ellos. El mundo es tuyo, fuiste tú y no otro el que heredó la tierra. Lo dice la Biblia, puedes disponer de todo cuanto ves a tu alrededor: animales, personas, árboles frutales, iphones,… Tú eres el Rey de la Creación. Pero recuerda, sólo una cosa tienes vedada: no tocarás tu Centro de Coste.

Porque, una vez tocado, ya no hay vuelta atrás. Ese día, tu Departamento, ciertamente desparecerá entre estertores. A tu jefe tal vez le asciendan, pero a ti, pequeño mierda de oficina, y con la excusa de lo insoportable que le resultas como gasto a tu empresa, no te queda más que apuntarte al Coro de Parados de tu Puto Barrio. O hacerte el sirimiri en medio del comedor corporativo, a ser posible en hora punta. Que lo vean todos, coño.




Obsérvense las miradas obscenas hacia
el Centro de Coste de la pudorosa compañera.

martes, 23 de septiembre de 2008

Estamos como estamos

He montado el pollo. Que no podía ser menos, joder. Que es que vamos a peor, a peor, y no tiene pinta de terminar la cosa como tal.

Porque uno va de bueno, que vas cediendo y te dejas llevar. Que si la moda, que si ya no se lleva, que ya no nos quedan, que han dejado de fabricarse…. ¡Joder dos veces! Que te acaban poniendo la cabeza como un trombo…

Y al final, pues eso. ¿Los ajustados? Pues si no tiene otros, ¿qué quiere que le diga? ¿Y cuántos le pongo? La leche del asunto…

Claro. Los ajustados pues ajustan. Pero es que ajustan un huevo, bueno en realidad los dos. Ya, pero es que lo intento explicarle es que los slips pues eso, que ajustan. ¿Que ajustan? ¡Pero si no puedo ni respirar! ¡Que tengo el paquete en carne viva, vírgen de los cristianos! Bueno, pero es que el modelo Shocking es más bien de compresión alta…

Prefiero dejarlo ahí. Más que nada porque no les va a gustar nada la parte de cuando me empezaron a sangrar los nudillos. Baste decir que las narices de los dependientes textiles no son precisamente las más robustas que he tenido el placer de visitar.

¿Boxer? ¡Fuera! No sé cómo, pero siempre se te acaba saliendo un huevo por el lado. Cuando no los dos, que acabas llevando la flor de tu secreto como en papillote. ¿Bermudas? Te pica todo con tanta capa y tanta leche. ¿Una tanga? Háganse un lado que echo la pota. ¡Ah! ¡Aquellos Ocean de marinerito en la bolsa, que todo el mundo decía que qué tendría que ver la Armada con la interioridad, pues de siempre, joder. Que te los ponías y ya, plas, como que accedías a un nivel superior del conocimiento que conoce y que es consciente del más allá hay un lugar y no somos más que una gota en la inmensidad del océano cósmico. Que será por eso lo de la marca.

Pero, ¿y eso de que no se admiten devoluciones? ¿Pero qué passsa? Si están casi sin usar…. ¿Es o no es para montar el pollo? Manchita amarilla, manchita amarilla… Excusas y nada más que excusas.

Yo, no sé ustedes, pero lo que soy yo, ya no puedo seguir con esto. Desde que la lencería ha dirigido su mirada sobre la cuestión masculina y nos han quitado lo que nos era tan querido, y tenemos que ir tan sueltos o tan apretados o tan sexotántricos, pues como que eso, que he perdido el apetito. Y si me apuran, las ganas de comer también.